viernes, 16 de agosto de 2013

Caminando por Tokio


 «La marea humana le condujo como un barril a la deriva hasta la zona roja. Vagó hipnotizado por la música hiriente de las tragaperras Pachinko y se dejó acariciar por las bailarinas que, en pleno día y a pesar de las bajas temperaturas, aprovechaban para captar clientes mientras fumaban en ropa interior en las puertas de los locales. Por un momento estuvo a punto de dejar que una de ellas le condujera al interior de un garito al que se accedía por una escalera estrecha. Tenía el pelo teñido de rojo sobre la cara salpicada de pecas y unos pechos operados que reventaban detrás de un biquini de Hello Kitty. En el último momento se apartó con repulsión y siguió adelante.
Se adentró en un entramado de calles limpias con el suelo recién fregado. De repente  se respiraba tranquilidad y orden, un ambiente como de familia acomodada de provincias.
Así es Tokio. Tan solo había cambiado de manzana y parecía estar a mil kilómetros  del desfase de música y neones, y si seguía caminando hasta la siguiente calle quizás encontrase caas tradicionales  y aromas a incienso de altares sintoístas.
La ausencia de ruido hizo que comenzase a pensar. Pensar... era lo que menos necesitaba en aquel momento»

De «El haiku de las palabra perdidas» Andrés Pascual



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